Hay que amar hasta que duela Por: Mary Pili Hernández

Martes, 22 de Marzo de 2016 04:06 pm



La mayoría de los libros de autoayuda hoy en día dicen que los seres humanos venimos al mundo para ser felices. No obstante, el cristianismo, en su más pura esencia, planteó un concepto distinto: venimos al mundo para amar. La propuesta cristiana, es una propuesta basada en el amor absoluto, sublime, total, incondicional. Y la mayoría de las veces, ese amor hasta el extremo suele ser muy difícil y puede llegar hasta doler.

En este sentido, la santidad no es otra cosa que el haber buscado afanosamente y conseguido habitualmente la forma de amar, sin temor a sus consecuencias. No es que el santo busque amar con dolor, porque eso sería masoquista. Es que un santo ama tanto y de tal modo, que es capaz de superar el miedo natural al dolor, para ser coherente con su intención de amor.

TERESA, LA DE LOS MORIBUNDOS

La Madre Teresa de Calcuta, quien dentro de muy pocos meses será canonizada por el Papa Francisco, tenía una frase polémica pero de un profundo significado: “hay que amar, hasta que duela”. Y más que una frase, esa fue su vida.

Serían miles de cosas las que pudiéramos decir de esa diminuta monja que salió de Albania, su tierra natal, a perseguir el amor incondicional en la India, pero entre tantas cosas, me parece interesante recordar la vocación que la Madre tenía por ayudar a los moribundos.

La mayoría de las órdenes religiosas y de las personas con sensibilidad social, suelen dedicar la prioridad de su tiempo a los niños o a los jóvenes, con el criterio acertado de que ellos representan el futuro de cualquier sociedad y que, si se quiere producir un cambio real, este es el grupo etario por el que hay que comenzar. Sin embargo, la Madre Teresa dedicó la mayoría de su labor de asistencia social a recoger a los moribundos de las calles Calcuta y procurarles una muerte en condiciones de dignidad.

LOS INTOCABLES MUEREN EN LAS CALLES

Para comprender el significado de esta labor de la Madre Teresa, primero habría que entender qué sucede en la India y por qué la gente muere en las calles.

Hace tiempo tuve la oportunidad de viajar a la India, en una especie de retiro espiritual que nunca pensé que me sería tan revelador. Sabía que en la India existe un sistema de castas que, aunque ya hace tiempo está abolido por las leyes, se sigue cumpliendo culturalmente. Dentro de las castas, la última de ellas es la de los impuros o intocables: personas que carecen de cualquier tipo de oportunidad, solo por el hecho de haber nacido dentro de esta casta. Cuando digo que no tienen oportunidad, no se puede evaluar esta frase con criterios occidentales. Esto es en serio: NINGUNA POSIBILIDAD. Nacen, crecen, se reproducen y mueren en las calles. No tienen ningún tipo de hogar, ni educación de ninguna clase, ni alimentos, ni agua, ni menos salud. Las deformaciones físicas provienen de taras generacionales derivadas de la anemia y de las miles de enfermedades que se transmiten de padres a hijos. En invierno se les ve desnudos, sin nada con qué taparse, hacen sus necesidades en las calles, dan a luz en las calles y cuando llega la hora de la muerte, la reciben en el medio de la calle.

Para la época en que la Madre Teresa estableció la Casa de los Moribundos, la alcaldía de Calcuta había dispuesto un camión que todas las madrugadas pasaba recogiendo los cadáveres que habían quedado en las calles durante la noche anterior, pues eran tantos, que el tema se había convertido en un asunto de salud pública.

VIVIR COMO UN MISERABLE Y MORIR COMO UN ÁNGEL

La labor de la Madre Teresa y de sus compañeras era simple, aunque sumamente difícil: recoger a las personas que estaban a punto de morir, lavarlas, limpiarles las llagas, vestirlas, abrigarlas y acostarlas en un lecho limpio, para que pasaran allí sus últimos minutos antes de morir.

Existe un testimonio muy conocido de uno de estos moribundos, que en sus últimas horas casi no podía creer que alguien lo ayudara y se compadeciera de él, que le dijo a la Madre: “viví toda mi vida como un miserable, pero gracias a ustedes, ahora voy a morir como un ángel”.

Los intocables eran tocados por Teresa y sus compañeras, amados, incluso venerados, porque según decía la Santa, existe una sola manera de hacer ese trabajo que cualquiera rechazaría, o que muchos tendrían escrúpulos en realizar. La Madre planteaba que el único modo de limpiar las llagas, sacar los gusanos, remover los excrementos y atender a estos seres humanos en sus últimos minutos de vida era viendo a Cristo mismo padeciendo, limpiar las llagas de Cristo, aliviar el dolor de Cristo en su Pasión. En otras palabras, cada moribundo había que verlo como un Cristo apasionado, crucificado, y amarlo tal y como Cristo nos amó, hasta el extremo de dar su vida por nosotros.

Por eso, aunque solo fueran unas horas, unos minutos quizás, la Madre, en su labor con los moribundos, lograba arrebatar a la muerte aquellas almas que dejaban esta vida como ángeles y que eran ganadas para la Gloria de Dios.

Esa es la Santa de nuestros días, y de ella tenemos muchísimo, demasiado que aprender.

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