Foto: Archivo

El Demonio le arrebató a su único hijo y a su único nieto

Domingo, 3 de Abril de 2016 03:21 pm



Los gritos de aquel muchacho retumbaron angustiantes en todos los callejones del barrio. Algunos pensaron que se trataba de algún inocente secuestrado, de los tantos que llevaban a diario al barrio; otros se imaginaron que a quien torturaban era a un enemigo rival o a alguno de la banda que se había cogido una plata. Pero los gritos que más conmovieron y se incrustaron en las almas de todos los vecinos fueron los de su abuela, minutos más tarde, en medio de la calle.

Algunos pensaron en llamar a la policía, otros no lo pensaron porque ya lo habían hecho en anteriores ocasiones y nunca les habían hecho caso. No quedaba otra sino olvidar aquellos gritos y no imaginarse el cuerpo flagelado de la víctima. Nadie podía salir en su defensa, eso era obvio. En el barrio son muchas las cosas que pasan, y antes pasaban de manera encubierta, pero ahora pasan delante de todo el mundo y todos deben callar, bajar la cabeza y mirar hacia otro lado.

Gumersindo, un policía jubilado del barrio, se atrevió a mandar unos tuiter y unos correos electrónicos a unos funcionarios amigos. Por lo menos cumplí con mi papel, se dijo, todavía con los ojos llorosos y el rostro desencajado por la rabia y la impotencia, mientras que la tía Felipa hizo lo que solía hacer en aquellos casos. Tomó su celular y comenzó a grabar a todos los que entraban y salían de aquella casa, que no era la casa de ellos, sino que ellos, los criminales del barrio, se la habían arrebatado a una señora hace algunos años dizque porque la necesitaban y además ella era una rolitranca de “sapa”. Apenas le permitieron marcharse con lo que tenía puesto y una que otra cosita. “Estas imágenes servirán algún día para algo, así sea para lograr que les metan una buena cantidad de años en la cárcel a todos estos hampones desalmados”, se dijo Felipa, quien para aquellos años vivía alquilada en una vivienda de la barriada.

En las imágenes que coleccionaba Felipa desde hace varios meses se apreciaban muchachos jóvenes, algunos con feas cicatrices en rostro y brazos, señal inequívoca de que habían estado detenidos en alguna ocasión, y otros con la inocencia de la pubertad aún reflejada en sus rostros; jóvenes sudorosos, fumando hierba y oliendo coca en una esquina, todos exhibiendo de lo más normal y natural potentes armas de fuego que ya quisieran tener muchos policías del país, y hasta un grupo de cuatro zagaletones que jugaban con una granada como si fuese una papa caliente; en otra toma se veía a una pareja y dos niños que eran llevados por 6 hombres y los introducían en una de las casas tomadas por los antisociales. Todos iban, incluso los chiquillos, con las manos atadas a la espalda, la cabeza gacha y la mirada clavada hacia el suelo. Tres de los hombres tenían fusiles, y los tres restantes portaban armas automáticas, una de ellas con un cargador como de 45 centímetros, y otro ostentaba un radio portátil. Habían llegado al barrio en dos camionetas lujosas 4Runner con los vidrios ahumados y un Chevrolet Aveo.

La espera. Llegó un momento en que los gritos del adolescente cesaron y los criminales comenzaron a salir uno a uno de la vivienda. La abuela del infortunado no estaba en la casa. Alguien dijo que lo torturaron de manera salvaje porque querían que les dijera dónde estaba su papá y a qué hora llegaba, pero que el muchacho aguantó la paliza y no delató a su padre, y que su valentía y hombría fue lo que no pudieron soportar sus victimarios y por ello fue que decidieron liquidarlo allí, en su propia cama.

La tía Felipa los grabó uno a uno mientras se limpiaban la sangre de las manos en la entrada del callejón.

Rato después, el supervisor jefe de la policía del municipio Libertador, Larry Morillo, un hombre corpulento, moreno y de estatura mediana, llegaba a su vivienda y se extrañó de que no había nadie en la calle. Se imaginó que había ocurrido un tiroteo porque así quedaban las calles de desiertas finalizados los encuentros armados, bien con la policía o bien con la malandros de algún barrio cercano, pero no le prestó mayor atención. Total, ya había logrado llegar tras escalar a bordo de su vehículo las empinadas calles que comunicaban con la parte alta del barrio Los Sin Techo de El Cementerio.

Se acomodó la pistola, y ya iba a bajarse del auto cuando sintió un extraño presentimiento. Aguzó la vista y se percató de la presencia de aquel grupo de hombres armados que lo miraba y que en ese preciso instante caminaban hacia él. Sintió que un extraño frío le recorría el cuerpo de pies a cabeza, pero jamás se imaginó que se trataba del frío de la muerte.

Aquellos hombres tenían varios días presionándolo para que suministrara información clave acerca del comando de Policaracas ubicado en la Cota 905, a lo que el agente policial se negaba. Un señor chismoso del barrio dijo que él se había buscado eso porque años atrás había colaborado con unos malandros a quienes prestaba su arma para que atracaran y desde entonces le habían perdido el respeto. En esa ocasión trabajaba en la Policía Metropolitana.

Otra versión que también circuló en la barriada, es que se la tenían jurada porque cuando era de la PM habría pasado información para que la policía diera muerte a un delincuente del barrio Primero de Mayo, a quien conocían ampliamente con el remoquete de El Bachaco.

La verdad verdadera nunca se sabrá, porque Larry Morillo se la llevó a la tumba y en la parte alta del cerro es muy poco o nada lo que la policía puede investigar.

Le dispararon aún estando dentro del auto y después lo bajaron y le dieron varias puñaladas, incluso en la cabeza, y, no conformes, le prendieron candela y celebraron.

En ese instante venía subiendo su madre, quien al ver el grupo de personas alrededor del vehículo blanco de su hijo aceleró el paso. Llegó justo cuando la candela comenzaba a subirle por las piernas.

La humilde señora comenzó a dar gritos, enloquecida por el dolor, y se le tiró encima en un intento por apagarle las llamas con su cuerpo.

Alguien le gritó que su nieto estaba dentro de la casa y la mujer se incorporó y fue a ver. Sus menguadas fuerzas no pudieron soportar aquello: el demonio le acababa de arrebatar a su único nieto y a su único hijo. Cayó desmayada en la habitación.

Por Wilmer Poleo 

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