Foto: Archivo

De país potencia a nación indigente Por: Edecio Brito Escobar

Domingo, 24 de Abril de 2016 03:21 pm

Noticiasx7

No fueron pocas las veces que millones de venezolanos escucharon de labios del difunto presidente Hugo Chávez, la oferta política de que su país, a la vuelta de pocos años, terminaría siendo una potencia mundial en, por lo menos, diez áreas competitivas a nivel global.

Cada domingo, acto social o templete popular, dentro y fuera de la nación, fueron los sitios ideales para garantizar que nunca más Venezuela volvería a repetir sus ingratas experiencias vividas a lo largo de la Cuarta República Y que eso sería así porque durante la Quinta República, es decir, en la gloriosa revolución del socialismo del siglo XXI, los abundantes ingresos petroleros, las alianzas plurales con los países hermanos de la región y más allá de ella, entre otras pocas cosas, además de grandeza, ya no habría un solo pobre en el 2021.

Sin embargo, repentinamente, ese andamiaje verbal reforzado con costosas asesorías nacionales e internacionales, además de un cargamento de pegamentos propagandísticos, ha pasado a ser en los últimos 36 meses de gobierno sucesor, una referencia genérica para la burla, por una parte. Pero también una vergonzosa muestra internacional de lo que no pueden conquistar jamás los países que se niegan a aceptar que la prosperidad y el progreso se alcanzan trabajando; asimismo, una triste demostración de que tampoco esos países pueden saborear triunfos, cuando se les ocurre anular la importancia determinante de la vida ciudadana en libertad, del ejercicio del derecho a la propiedad y del respeto a la igualdad.

Precisamente, porque durante los últimos quince años esos tres derechos humanos de los venezolanos fueron obviados y maltratados con saña, mientras la arrogancia fue convertida en la etiqueta de una manera de conducir a 30 millones de ciudadanos entre expropiaciones de empresas, edificios y tierras productivas, la multiplicación de la burocracia improductiva, y un menosprecio inclemente de la meritocracia académica y del profesionalismo de vanguardia, es por lo que la otrora arrogante y presuntuosa Venezuela que se exhibía como modelo de país próspero, ha terminado siendo precisamente el único país petrolero del mundo que no es capaz, siquiera, de administrar su condición de Nación indigente.

Todavía en los discursos oficiales se apela a la misma oferta de la Venezuela potencia. No obstante, después de 15 años de escuchar ese canto a la mentira, los millones de venezolanos que ayer fueron capturados por esa cautivante posibilidad, hoy preferirían que les explicaran: ¿qué pasó realmente con los cientos de miles de millones de dólares que se usaron para tener más y mejor sistema de vida con salud de primera; alimentos en abundancia; trabajo con salario decente; viviendas auténticamente propias y no tomadas por la fuerza; servicios públicos apropiados para una vida civilizada; una administración pública sin corrupción ni promotora de la inflación? ¿Por qué los venezolanos son indignos de gozar de una administración de justicia pulcra, ética, verdaderamente justa? ¿Por qué es obligado vivir sometido al maltrato familiar de un modelo de gobierno y económico incapaz de evitar sequía, oscuridad, inseguridad y hambre familiar?

Definitivamente, entre la multivariedad conceptual de quienes hablan de cambiar y los que defienden la pasión por retroceder, más vale amar y defender la convicción de que las diferencias que mantienen los que viven de la conducción y la posibilidad de hacerlo, no puede seguir siendo a expensas de la destrucción motivacional por luchar de cada uno de los venezolanos.

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