Futuro: opciones de la juventud Por Dennis Gorrín Camacho

Viernes, 27 de Mayo de 2016 05:35 pm

Noticiasx7

Ser joven siempre ha sido un problema. En nuestro país y durante un buen tiempo, fue un problema policial. Era el sujeto protagónico de las redadas policiales en los años 1970, 80 y 90. Era el candidato ideal para ser reclutado por las fuerzas militares. Tener menos de 18 años y vivir en un cerro era sinónimo de “vagos y maleantes”, título de una ley, en tiempos de AD y Copei, que autorizaba a la fuerza policial a actuar contra la juventud por no tener un carnet de estudiante y sin embargo.

Luego el problema pasó a ser social: no tener cupo a fines de los 90 y principios de 2000, era sinónimo de estar excluido de las posibilidades del “desarrollo”. No tener título no te daba licencia para formar parte de la masa laboral dispuesta a trabajar en cómodas oficinas con aire acondicionado. Sin duda fue un mito. Y se demostró cuando se crearon las misiones educativas, especialmente en educación superior. Universidades nuevas, carreras nuevas en el marco de un paradigma nuevo que buscaba incluir y transformar a los jóvenes para su liberación. Tamaño compromiso.

El nuevo ejército formado en las universidades nuevas y tradicionales, públicas y privadas, aspiraba a ingresar en la misma estructura económica legada por la cuarta y que, en 17 años de un proceso de transformación social sin parangón, apenas ha sido rozado. Una estructura que mira de reojo el campo, de donde se produce alimentos y materia prima necesaria para la industria. Que ve tan lejos a la industria nacional hasta el punto de comprar preferencialmente lo que esta produce en otros países. Un modelo cuya dinámica responde a los sectores de la banca, finanzas, comercio, telecomunicaciones y otros servicios.

Este ejército joven, bien formado buscaba competir por las plazas mejor remuneradas que solo se pueden sostener si el petróleo, el verdadero motor de nuestra dependiente economía, se vende a precios altos en un mercado tan inestable y volátil como la gelatina.

A nuestra juventud se le formó para esta estructura de servicios que se tiene en la actualidad. Buena parte de los proyectos de emprendimiento económico impulsados con cierto éxito por parte de algunos contemporáneos sigue esta tendencia. Casi nadie se plantea propuestas que vayan más allá de la ciudad. Son irrelevantes las propuestas de algunos jóvenes que buscan producir algunos bienes en alimentos, en calzado o en ropa.

Pero el resto prefiere pensar en salir del país como única vía para alcanzar un relativo éxito. Relativo gracias a la debilidad monetaria actual del Bolívar, derrumbado tanto por medidas ineficaces del gobierno como por una guerra especulativa que también tiene tinte político. Dicha debilidad permite traer divisas y venderlas a precio exorbitantes según un marcador “today”, y tener un cierto status frente al resto de la masa asalariada.

Ahora bien, en estos momentos de crisis como siempre surge en nuestro ímpetu cristiano, las ganas de echarle la culpa a alguien de una situación determinada, pero ¿a quién?, ¿a los jóvenes?, ¿a la educación?, ¿al Estado?, ¿a la empresa privada?, ¿al petróleo?, ¿a nuestra historia?, ¿a Dios?…

Es hora de que empecemos a ver el todo, es decir, nuestras problemáticas en conjunto. Volver al cambio de paradigma en nuestra educación. Consultar a los jóvenes en su realidad (no en un congreso, como está de moda), sobre sus necesidades y aspiraciones. Inventar espacios nuevos que dinamicen nuestra estancada economía con los hombres y mujeres jóvenes de este país. A los que gustan de defender a la empresa privada exigir crear espacios y financiar proyectos que amplíen la producción nacional. Y, sobre todo, dejar la dependencia hacia el petróleo, vivir como si los recursos que ingresan por su venta fuese un premio de lotería: aprovecharlo para invertir en proyectos a largo plazo y gran envergadura para el beneficio de todos y todas.

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