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La falsa ilusión de competencia de Donald Trump Por: Paul Krugman

Domingo, 29 de Mayo de 2016 11:13 am

Costa del Sol

En general, no se debería prestar demasiada atención a los sondeos a estas alturas, sobre todo si recordamos que los republicanos están cerrando filas en torno a Donald Trump mientras que Bernie Sanders sigue sin admitir lo inevitable. Aun así, me han sorprendido varios sondeos recientes en los que Trump se impone a Hillary Clinton en la pregunta de quién puede gestionar mejor la economía.

Es bastante llamativo, dada la incoherencia y la absoluta irresponsabilidad de las afirmaciones políticas de Trump. De acuerdo, es probable que la mayoría de los votantes no sepa nada al respecto, gracias en parte a una cobertura informativa insustancial. Pero si los votantes no saben nada de las políticas de Trump, ¿a qué se debe esa impresión favorable sobre su capacidad para la gestión económica?

Sospecho que la respuesta es que el electorado ve a Trump como un empresario de enorme éxito, y creen que el éxito en los negocios se traduce en pericia económica. Sin embargo, es probable que se equivoquen respecto a lo primero, y sin duda están errados en cuanto a lo segundo: hasta los empresarios verdaderamente brillantes a menudo no tienen la menor idea de política económica.

Una aclaración: no cabe duda de que, en parte, es una cuestión partidista. A lo largo de los años, los sondeos han puesto de manifiesto, por lo general aunque no en todos los casos, que se confía más en los republicanos que en los demócratas para gestionar la economía, aun cuando a esta siempre le ha ido mejor con los presidentes demócratas. Pero a los republicanos se les da mucho mejor divulgar leyendas, por ejemplo, exagerando constantemente el crecimiento de la economía y el empleo durante el mandato de Ronald Reagan, a pesar de que los logros de Clinton (Bill) superaron a los de Reagan.

Volviendo a Trump: una de las muchas peculiaridades de su carrera hacia la Casa Blanca es que se sustenta en gran medida en la afirmación de que es un experto empresario, aunque no esté nada claro hasta qué punto se le da realmente bien el “arte de hacer negocios”. Los cálculos independientes apuntan a que es mucho menos rico de lo que él afirma, y probablemente también tenga unos ingresos mucho menores que los que dice tener. Pero como, a diferencia de todos sus antecesores, se ha negado a publicar sus declaraciones de la renta, es imposible resolver esa disputa. (Y quizás sea esta la razón por la que se niega a publicar dichas declaraciones).

Recuerden también que Trump es un caso claro de alguien de buena cuna que imagina que se lo ha ganado todo con el sudor de su frente: heredó una fortuna y no está claro, ni mucho menos, que haya acrecentado dicha fortuna más de lo que lo habría hecho si se hubiese limitado a meter el dinero en un fondo de inversiones ligado a un índice.

Pero dejemos a un lado las preguntas sobre si Trump es el genio de los negocios que afirma ser. ¿Está ligado el éxito empresarial a los conocimientos y los instintos necesarios para hacer buenas políticas económicas? No, no lo está.

Es cierto que los datos históricos no dan muchas pistas, puesto que solo ha habido un presidente moderno con una exitosa carrera empresarial previa. Y quizás Herbert Hoover fuese un presidente atípico.




Pero aunque no hayamos tenido muchos dirigentes empresariales en la Casa Blanca, sí que conocemos la clase de consejos que dan los empresarios importantes en materia de política económica. Y suelen ser asombrosamente malos, por dos motivos. Uno es que, a veces, la gente rica y poderosa no es consciente de lo que no sabe, ¿y quién se lo va a decir? El otro es que un país no tiene nada que ver con una empresa, y dirigir la economía nacional no se parece en nada a dirigir un negocio.

He aquí un ejemplo concreto, y que viene al caso, de esa diferencia. El pasado otoño, el ahora supuesto candidato republicano declaraba: “Los sueldos son demasiado altos. Tenemos que competir con otros países”. Posteriormente, como ha sucedido a menudo durante esta campaña, Trump negó haber dicho lo que, de hecho, dijo (demostrando que no es tan directo como dice). Pero da igual.

Lo cierto es que una rebaja salarial es lo último que necesita ahora mismo Estados Unidos: nos vendemos a nosotros mismos la mayoría de lo que producimos y un recorte salarial sería perjudicial para las ventas nacionales, al reducir el poder adquisitivo e incrementar la carga de la deuda del sector privado. Es probable que unos sueldos más bajos ni siquiera beneficiasen a la fracción de la economía estadounidense que compite en los mercados internacionales, puesto que esas rebajas suelen traer consigo un dólar más fuerte, lo que anula cualquier ventaja competitiva.

La cuestión, sin embargo, es que las repercusiones de las rebajas salariales no son la clase de cosa que ni siquiera los líderes empresariales más listos deban tener en cuenta a la hora de dirigir sus empresas. Las empresas venden algo a otros; no tienen que preocuparse por el efecto que tendrán sus medidas de reducción de costes sobre la demanda de sus productos. Gestionar la política económica nacional, por otro lado, tiene que ver precisamente con las repercusiones.

No digo que el éxito empresarial descalifique de por sí a alguien para las decisiones políticas. Un magnate que sea lo bastante humilde para darse cuenta de que aún no lo sabe todo, y que esté dispuesto a escuchar a otros aunque le lleven la contraria, podría ser un buen gestor económico. Pero ¿encaja esta descripción con alguno de los que ahora aspiran a la presidencia? La verdad es que la idea de que, de todas las personas posibles, sea Donald Trump el que sabe cómo dirigir la economía estadounidense es absurda. ¿Pero llegarán los votantes a ser conscientes de esa verdad?




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