No futuro: otros espacios para los jóvenes Por Dennis Gorrín Camacho

Lunes, 6 de Junio de 2016 02:54 pm

Dennis Gorrín

En una película colombiana de 1990, dirigida por Víctor Gaviria llamada Rodrigo D: No Futuro, se narra la historia de un joven que, desanimado por la muerte de su madre, abandona la escuela y deja de trabajar con su padre en la carnicería, pero tampoco se sumerge en ninguno de los intersticios lógicos que el mundo dispone para la juventud en el tercer mundo: la violencia, la droga o la delincuencia. Su interés es el punk, género musical derivado del rock en los años 80, especialmente la batería, por lo que construye sus propias baquetas en una carpintería. Rodrigo sufre y al final se lanza al vacío desde un edificio en el centro de Medellín, Colombia.

El título de esta película, del cual me apropio, no guarda relación ni tampoco quiere explicar las inmundicias que se muestran en esa película. Sin embargo, guarda relación en paralelo con el sujeto común en esta suerte de historia que intento manifestar: los jóvenes, especialmente, los del barrio, los marginados, aún pese a políticas sociales que rozan sus intereses, pero que a fin de cuentas los dejan por fuera del proyecto país propuesto y encaminado mal que bien por el actual gobierno venezolano.

La violencia como práctica de autodefensa; las drogas, fundamentalmente su tráfico y la delincuencia, es decir, el malandreo, son las caras causales de la falta de oportunidades, exclusión o marginalización y falta de justicia (social y jurídica) que nuestros jóvenes de los sectores D y E (esa masa comprendida entre los 14 y los 30 años de edad) padecen, sobrellevan y conllevan como estigma en un país que se jacta de ser rico por tener las primeras reservas de petróleo entre otros recursos naturales.

Para explicar con un ejemplo crudo paso a contar esta pequeña historia recogida de una experiencia bastante breve pero significativa, al menos para mí:

Eran seis jóvenes que en promedio no pasaban los 20 años, algunos eran menores de edad. Ataviados de ropa deportiva, estaban todos reunidos en un campo de futbol con grama y pista de correr (del gobierno). Los muchachos, visto de lejos, tenían apariencia de pertenecer a algún equipo de corredores o maratonistas. La verdad es que estos muchachos estaban entrenando, pero no con alguna finalidad deportiva. Su objetivo era ganar resistencia, pero no para alcanzar un trofeo en alguna carrera. Su verdadera intención era obtener las mejores condiciones físicas para salir ilesos de cualquier acción delictiva menor, entiéndase robo o hurtos callejeros, y así evitar que la policía los alcance para ser víctima ahora de la brutalidad de nuestras fuerzas del orden.

Al ser cuestionados por su oficio y tratar de hacerles ver que hay otros caminos dentro de la legalidad y, sobre todo, más productivos; los carajitos, entre risas tímidas y la seriedad, reseñan que, a lo largo de su corta vida, las oportunidades en el trabajo formal han sido nulas. La exclusión o marginalización (por pobre, mal hablado, incluso por ser negro, “morenito” o “feíto”) les allanó el camino hacia la delincuencia, al menos claro, en su caso.

Esta es una muestra, pequeña, quizá aislada, de una realidad aplastante sobre juventud y trabajo; juventud e inclusión social; juventud y dignidad; que ningún discurso social o político actual, por muy radical que aparente ser, aborda, pese a que ser joven en Venezuela es ser mayoría gracias al bono demográfico que está siendo desperdiciado absolutamente.

A penas, en pequeños planes sin profundidad, desde las instancias gubernamentales se han hecho ciertas propuestas aún sin concretar, sumando a esto, la falta de recursos para financiar verdaderos proyectos enmarcados en un objetivo claro de futuro que prepare e incorpore a la producción a la juventud toda, brinde seguridad y algo de esperanza.

Pero, para ciertos tecnócratas, la solución se reduce al empleo no importa lo mal remunerado y sin garantías laborales que estos sean (como el plan más reciente impulsado desde Argentina por el gobierno de Mauricio Macri, que pretende emplear a cientos de jóvenes de ese país en una transnacional de comida rápida muy conocida por menos del salario mínimo).

Tampoco, se trata de paliar la influencia cada vez más notoria que tiene la actividad delictiva en nuestro país en muchos jóvenes, aplicando medidas que solo pueden aprovechar realmente una pequeña porción que tiene ciertas cualidades en artes o el deporte.

Sin desmerecer el financiamiento y atención a estas actividades. De lo que se trata es de generar espacios para que la juventud por sí misma pueda construir sus proyectos de vida tomando como referente una sociedad más justa por la cual luchar. Estos espacios no pueden estar reducidos a una orquesta sinfónica, como si todos tuvieran ese gusto, o el deporte, como si todos pudieran pertenecer a ligas profesionales. Hay otros gustos, maneras y caminos que, sin desembocar en la actividad delictiva, pueden ser tantos o más productivos para el país que los dos antes mencionados.

A lo largo de estos años, han crecido propuestas como “Tiuna El Fuerte” o “El otro beta”, pero más allá, estas propuestas parecen aisladas o constituyen solamente instrumentos partidistas asociados al gobierno de turno y aún no lucen como alternativas más atractivas para un sector de la juventud que ve más fácil adquirir un arma de fuego con todas sus consecuencias implícitas. Es hora de debatir bien esta realidad, porque sin juventud no hay futuro, tampoco presente.

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