El ocaso de la globalización Por: Alfredo Toro Hardy

miércoles, 7 de septiembre de 2016 09:28 am

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La globalización, que emergió como resultado de una intención política y de una factibilidad tecnológica, se adentra ahora en su ocaso impulsada por las mismas razones. En ambos casos intención y factibilidad se identifican con el mundo desarrollado, al que puede atribuirse tanto el inicio como el declive de este fenómeno.

Emerger

El impulso político a la globalización provino de varios frentes convergentes controlado por las grandes capitales del mundo desarrollado: la Ronda Uruguay del GATT, el Consenso de Washington, las políticas de ajuste estructural impuestas por el FMI y la expansión de la Organización Mundial de Comercio. Detrás de este proceso se encontraba la convicción, según palabras del académico estadounidense Charles Kupchan, de “que la globalización debía beneficiar a las sociedades desarrolladas, quienes supuestamente estaban en mejores condiciones para capitalizar las oportunidades resultantes de un mercado global rápido y fluido”.

A la voluntad política se unió la capacidad tecnológica. Ésta se centró en un primer momento en las llamadas “cadenas de suministro” y en una segunda fase en las denominadas “cadenas globales de valor”. De acuerdo a la primera de dichas cadenas, las corporaciones del mundo occidental iban a la caza del obrero de menores costos en cualquier parte del planeta donde se encontrase. Ello no sólo para la elaboración de los numerosos componentes de un mismo producto sino para el ensamblado final de éste. En virtud de la segunda, las corporaciones no sólo se contentaban con buscar al obrero de menor costo para cada proceso fabril, sino también al ingeniero, al diseñador, al contador, al programador o al encargado de atención al público de costos más económicos. Esto implicaba ir al país donde confluyesen mayores niveles de calificación profesional o técnica con menores remuneraciones por servicio.

Las cadenas de suministro equivalen a un rompecabezas elevado a la enésima potencia, sólo manejable gracias a los gigantescos avances en las tecnologías de la información, el transporte, las comunicaciones y la logística portuaria. El seguimiento, control y movilización de infinidad de piezas, componentes y productos, que se desplazan en las más diversas direcciones, no resultaría posible de no existir una tecnología que lo posibilite. Otro tanto ocurre con las cadenas globales de valor que integran a los servicios con las manufacturas y que hubiesen resultado inviables sin Internet, Skype y las demás tecnologías que conducen a la muerte de la distancia.

Declive

Ahora bien, la intencionalidad política que desde el mundo desarrollado impulsó a la globalización avanza ahora en dirección contraria. La contracción masiva de empleos y salarios en esa parte del mundo da vuelo a este estado de cosas. Según el mismo Charles Kupchan, ello “es el resultado de la incorporación al mercado global de miles de millones de trabajadores de mano de obra barata provenientes del mundo en desarrollo”. No en balde este es uno de los pocos temas en los que la izquierda y la extrema derecha coinciden. Más significativo aún, los propios centristas como es el caso de Hillary Clinton se han visto obligados a doblegarse ante la insurgencia antiglobalizadora.

La factibilidad tecnológica, de su lado, posibilita este regreso a casa al que empuja la presión política. El que tal tecnología en poco beneficiará a quienes pugnan por echar abajo a los tratados de libre comercio y a cerrarle el paso a la mano de obra barata del mundo en desarrollo, es ya otro tema. Pero lo cierto es que la convergencia de la nueva robótica, de la tecnología agregativa y de la automatización del conocimiento avanzado, entre tantos otros saltos tecnológicos, tiende a hacer cada vez más innecesarias a las cadenas de suministro y a las cadenas globales de valor.

El aumento dramático en la destreza fabril de los robots ha ido acompañado por una caída igualmente dramática de sus costos. A un precio promedio de 24 mil dólares por unidad, éstos resultan ya asequibles para las pequeñas y medianas industrias que es donde se sitúa el 70 por ciento de la capacidad manufacturera global. A la vez la tecnología agregativa (o de impresión 3D) avanza a pasos agigantados. La impresoras de Carbón 3D, aparecidas en abril de 2016, resultan 100 veces más rápidas que sus predecesoras. Ello comienza a hacer innecesarios los inventarios para partes automotrices, aeronáuticas o de otra naturaleza, ya que basta con guardar los archivos digitales de éstas para imprimirlas a contra demanda. Pero a la vez dicha tecnología posibilita la elaboración directa de componentes mucho más completos, obviando multitud de pasos productivos intermedios. Finalmente la automatización del conocimiento tiende a hacer innecesaria la búsqueda de servicios profesionales fronteras afuera, cuando las propias computadoras avanzan en su capacidad de prestarlos. Todo lo anterior ha comenzado a propiciar el regreso de fábricas y servicios al mundo desarrollado.

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