“Al fin soy libre del psiquiátrico y de una hermana que estuvo a punto de devorarme”

Sábado, 5 de Noviembre de 2016 03:38 pm

PlayGround

June y Jennifer Gibbons eran gemelas idénticas, dos gotas de agua que andaban a la par. Ninguna se lanzaba a dar un paso sin que la otra hubiera iniciado la zancada. Las dos eran una.

Tal era la compenetración entre las hermanas Gibbons que, un buen día, sucedió lo que ellas consideraban inevitable: decidieron callarse, comunicarse solo entre ellas.

Decidieron que que no volverían a hablar con el resto del mundo y para tal fin crearon un lenguaje propio. La intención era clara: imposibilitar a los extraños acceder a la locura de su microcosmos. Pronto pasaron a ser conocidas como ‘The Silent Twins’.

Las gemelas silenciosas

The Silent Twins es también el título del libro en el que Marjorie Wallace, periodista del Sunday Times, narra cuál fue la historia y el desenlace de esa enfermiza unión que empujaba a las gemelas Gibbons a desligarse de la realidad.

Dios mío tengo miedo de ella. No es normal… alguien la está volviendo loca. Soy yo.

Las dos hermanas nacieron el 11 de abril de 1963 en Barbados, una isla en medio de Caribe. Cuando eran unas niñas, a su padre le destinaron a Gales y el cabeza de familia pensó que todos tendrían una mejor vida en el país británico. Así que hicieron las maletas y se trasladaron a Haverfordwest, la ciudad donde su progenitor iba a trabajar como técnico de las fuerzas aéreas del país. Las gemelas pasaron a vivir en una ciudad grande, pero poco acostumbrada a los extranjeros. Eran dos niñas negras en una localidad de blancos.

Tenían 14 años cuando empezaron con los juegos macabros y 16 cuando escribieron sus primeras novelas tétricas en las que había sexo, drogas y violencia. Pero entre sus argumentos oscuros también se dedicaban mensajes mutuamente y ese relación idílica de ambas se revelaba también como un infierno en sus diarios personales.

Sus textos no triunfaron y optaron por enfrentarse al mundo. Robaban y provocaban incendios, pero también hacían explosionar su microcosmos y se ahogaban la una a la otra.

Los tribunales las condenaron por todas sus actos delictivos y las confinaron en un hospital de alta seguridad para enfermos mentales. En ese centro pasaron los siguientes once años y no cesaron sus comportamientos peculiares a pesar de las altas dosis de medicación.

Lea más en “Hay un brillo asesino en sus ojos”: la historia de las gemelas que inventaron su propio lenguaje

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