La palabra escindida o sobre cómo el Gobierno extravía con sus discursos Por: Rosa Amelia A.

Lunes, 21 de Noviembre de 2016 01:35 pm

Noticiasx7

Crónicas desde el borde II

A Nicmer Evans y a todos los valientes de Marea Socialista

Esta es la segunda nota que sale bajo lo que en su momento quise que fuese una serie de crónicas sobre mi visión acerca de la actual realidad venezolana, sobre todo tomando distancia física de mi país, ya que estar fuera del entorno permite que uno pueda hacer mejores análisis de los que realiza estando en la dinámica de la cotidianidad y sobre todo, sumergidos por la contingencia de un país en emergencia constante, expresado así hasta por el mismo gobierno que desde principios del 2016 decretó un “Estado de Excepción y Emergencia Económica” que se ha dilatado en el tiempo como la trama de esa novela de Saramago, Las intermitencias de la muerte, en las que en un país X a la medianoche de un Año Nuevo, los enfermos agónicos dejaron de morir y toda la nación quedó sumergida en los caprichos de una Parca que no llegaba a buscar a sus elegidos. Pues bien, en Venezuela estamos en una suerte de “intermitencia de la crisis” en la que, esquizofrénicamente, un día creemos que Maduro caerá en cuestión de horas y acto seguido, lo vemos por TV Miraflores haciendo gala de sus pasos de salsa caraqueña de los 80. El problema se agudiza cuando los que vivimos aquí, en esta tierra intermitente y ante la debacle inevitable, salimos frenéticos al banco a buscar efectivo o a comprar lo que logramos conseguir en los supermercados para apertrecharnos. Entonces cae la noche, amanece y todo continúa agónico y tenemos que salir a nuestros trabajos a “hacer el día” en medio del espasmo.

Cuando escribí la primera crónica: “Apuntes sobre la abundancia” desde Argentina, me parecía que al regresar a Venezuela me iba a encontrar con un país azotado por un Golpe de Estado, por un Auto-Golpe o por un Anti-Golpe que harían mi retorno al Sur mucho más rápido de lo que planeaba. Sin embargo regresé y aquí lo que había era otro país distinto al que dejé a principios de año y que en cuatro meses había envejecido de una manera vertiginosa pero sin terminar de morir de senectud. Ese desconcierto me obligó a tratar de entender lo que pasaba aquí, asumiendo siempre mi rol como alguien que creyó en el proyecto de Chávez y que se fue distanciando cada vez más, hasta llegar a una severa auto-crítica auto-flagelante. Entonces empecé a leer artículos de opinión de economistas de aquí y de acullá para tratar de comprender la inmensa distorsión económica en que vivíamos.

Como no encontraba respuestas me fui a los libros sobre Historia del petróleo en Venezuela y terminé en una cuneta de vieja carretera con Domingo Alberto Rangel y José Ingenieros gritándome en la duermevela que esto no era Socialismo ni Capitalismo de Estado sino un Híper Neoliberalismo Salvaje en el que un helado costaba un día de salario mínimo o que, al igual que en Colombia, en los hospitales de nuestro país se inauguraba un “paseo de la muerte” de niños con leucemia, por ejemplo, y todo esto bajo un Estado ausente pero ubicuo en su realidad paralela de eficacia.

Lo preocupante del asunto era que en esas reflexiones me iba dando cuenta de que el discurso gubernamental anti-imperialista se alejaba cada día más de su narrativa fáctica, es decir, que por un lado se hablaba de Capitalismo Salvaje y por otro los venezolanos nos hallábamos en un país donde el control de precios no existía, teniendo que pagar dos salarios mínimos por hacernos una tomografía de emergencia o a contra rembolso de la empresa aseguradora. Entonces fui enmudeciendo cada vez más ante lo brutal de la realidad que vivimos quienes dependemos de un salario, como el caso de los profesores universitarios que, siendo Titulares a Dedicación Exclusiva y con PhD, ganábamos muchísimo menos que un bachaquero en la Redoma de Petare, lugar que por cierto, y para darnos cuenta de lo bizarro que es todo esto, ha fijado precios de venta que hasta la encuestadora Hinterlaces reconoce como “Cesta Petare”.

Así las cosas, comencé, junto con muchos venezolanos, a escuchar a un presidente cada vez más escindido de la realidad del país que gobernaba, pero sobre todo, y esto es lo que más grave me resulta, más escindido de su propia discursiva, pues en aquella célebre alocución del 1 de Septiembre de este año y, visiblemente nervioso por la marcha opositora en Caracas, dijo que había decidido llamar a un grupo de sociólogos, sicólogos e intelectuales para evaluar el discurso de odio del presidente de la AN, Henry Ramos Allup, y acto seguido, vociferar a su audiencia que (Ramos Allup) era “un viejtito coño ‘e madre” (sic). En ese momento agradecí que no hubiese nombrado en ese equipo a un par de lingüistas, toda vez que cuando al establishment se le ocurrió hacerlo para juzgar la presunta responsabilidad del discurso de Leopoldo López en los hechos acaecidos en la sede el MP el 12 de febrero de 2014, el statu quo salió muy mal parado y la lingüística tuvo que batirse a duelo con el estalinismo tropical que se instauraba sin remedio. Sin embargo al escribir esta nota, leo que Maduro anuncia un juicio contra Ramos Allup por insania mental. Así que seguimos en la isotopía de la locura como motivo.

¿Cómo podía formarse un equipo para evaluar el discurso de odio de alguien a quien se le insulta antes de pasarlo por el cedazo de lo que se le imputa? Y que conste que el presidente de la AN no es mi amigo pero es un desliz del verbo que un presidente de un país le diga una obscenidad al presidente de cualquier parlamento del mundo, por más despiadado que sea el individuo al que se ofende. Eso degrada el ethos del presidente Maduro y peor aún, sienta el precedente de que sus seguidores se sientan ungidos para repetir la ofensa, no sólo contra Ramos Allup sino en desmedro de cualquier opositor que se presente cerca. Bajo esta lógica, habría que analizar TODOS los discursos políticos de los últimos 18 años de gobierno y desarmar ese odio ciego que va y viene en forma de dardos sangrientos contra todos nosotros lo que vivimos en el país.

Y en medio de ese discurso esquizofrénico del Ejecutivo me encuentro con la reiterada alusión a la “Guerra Económica” que, según afirma todo el tren gubernamental, existe y es la causante de la actual crisis económica, aunada a la caída de los precios del crudo a nivel mundial. Empiezo a convencerme de que esa infausta guerra es la responsable de que nuestros pacientes oncológicos, hipertensos, con insuficiencia renal, hemofílicos o diabéticos se nos estén muriendo en los hospitales o en las casas por falta de insumos, medicamentos o dinero para pagar una clínica, pero de repente, leo que el presidente aprobó hace semanas, 2 millones de dólares y unos 600 millones de bolívares a la Alcaldía de Caracas para la próxima realización del Festival Suena Caracas. Por supuesto que allí encendí las alarmas de mi coherencia interna y me pregunté: ¿De qué Guerra Económica estamos hablando? ¿Acaso ella hace tregua o escoge a quién bombardear? ¿Acaso no sería mejor inyectar ese dinero a algún hospital de Venezuela? ¿Acaso nos vieron la cara de estúpidos?

De más está decir que esta nota está escrita, ex profeso, bajo el registro lingüístico del ciudadano de a pie que no se detiene a analizar las estructuras subyacentes de una realidad perversa en la que, intereses de diversa índole, pactarían para mantener el poder tal y como está. No quisiera pensar retorcidamente para que quede un ápice de credulidad en la buena fe de quienes nos gobiernan pero que simplemente son torpes. No quisiera que los lectores de esta crónica sientan que hemos perdido la moral como país, que su gobierno es impúdico, que hay arreglos debajo de la mesa por parte de algunos personeros de la MUD que fraguan cambiar todo para no mover nada. No, no quiero desmoralizar a nadie, sólo aspiro que abramos el entendimiento y detectemos la existencia de una discursiva gubernamental errática que se apoya en el “Legado de Chávez” para expoliar, no solo las arcas del Estado, sino nuestra capacidad de reconocer un discurso esquizofrénico a la distancia. Y con esto no estoy vertiendo agua para el molino de la oposición, de ella habrá tiempo para hablar. Por lo pronto, agradezco a mi amigo virtual Nicmer Evans por haberme mostrado el lado filoso del Suena Caracas y del Arco minero del Orinoco. A veces hace falta mirar para adentro y descubrir que lo que vemos es un desfiladero de solidaridades mutiladas por quien impone la hoja de ruta.

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