Droga, sexo y alcohol, una noche en el Metro de Caracas

Miércoles, 23 de Noviembre de 2016 02:06 pm

El Estímulo

Cuando cae la noche, el Metro de Caracas deviene en casa del terror o infierno sobre rieles.

Masturbaciones públicas, menesterosos, tragos de aguardiente y soplos de cocaína son algunas de las escenas que se descubren en el sombrío subterráneo. Por miedo, cada vez son menos los pasajeros; porque cada vez son más los atracos y actos vandálicos

Cuando el reloj se acerca a las nueve de la noche, la gran masa de gente que usa el Metro de Caracas —desde que abre a eso de las 5:30 am— empieza a disminuir. La mayor parte del tráfico se dirige hacia las estaciones que colindan con ciudades satelitales. En Zona Rental, las personas que viven en Los Teques se siguen embarcando rumbo a Las Adjuntas con la esperanza de no ver nada digno de contar. Lo mismo ocurre en la Línea 3, que finaliza en el ferroviario de La Rinconada. Más allá de eso, la ausencia de personas hace que la violencia cotidiana sea más fácil de identificar.

Una muestra de lo anterior la padeció Yuliana Ramírez.

Eran casi las diez de la noche y ya el tren, de la Línea 1, había pasado Capitolio, rumbo a Propatria, cuando en uno de los vagones un borracho se masturbaba. Llevaba sus genitales fuera del pantalón, mientras una madre les decía a sus hijos que voltearan a otra parte. En una de las estaciones, el hombre fue desalojado por el personal de seguridad. Como este, se han registrado varios casos de onanismo, uno de los cuales acabó con usuarios salpicados de semen.

El umbral de las 9 pm

La Línea 1 es la más movida. En Palo Verde, se montan niñas huesudas que acaso llegarán a los 14 años. Usan exceso de maquillaje, minifaldas o shorts, y franelitas muy cortas. En las estaciones centrales –de Altamira hasta Bellas Artes– el tren lo abordan varones con ademanes femeninos. Gritan, exageran sus gestos, algunos se toquetean, se insinúan con la mirada, piropean a desconocidos o bailan frente a las ventanas. De vez en cuando, se deja ver uno al que le gusta pasear con el rostro pintado como los miembros de Kiss.

Cuando hay partidos de beisbol, sobre todo si se enfrentan Caracas y Magallanes, los funcionarios encienden las alarmas: “Hay coñazos seguro”, afirman. Vidrios rotos, asientos despegados, botellas quebradas, alcohol derramado y personas heridas, es un saldo normal después de un choque entre melenudos y navegantes.

Para solucionar los problemas de inseguridad, el Metro se ha planteado la posibilidad de crear sus propios guardias: los policías ferroviarios. Estos serían trabajadores del sistema que se encontrarían armados. Es apenas un proyecto que está en diálogo. Mientras tanto, los pasillos de las estaciones se convierten en el reino de lo incierto cuando la noche se abre paso. Y aunque el panorama a veces luce tétrico, una realidad resulta más espeluznante todavía: usuarios, trabajadores y policías coinciden en que, pese a todo, es muchísimo más seguro viajar bajo tierra que enfrentar el cielo estrellado de Caracas.

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