Foto: camaradecaracas.com

En el infierno no hay propiedad Por: Victor Maldonado

Domingo, 5 de Febrero de 2017 08:56 am

Noticiasx7

El infierno es la ausencia de libertad. Y sin propiedad no hay libertad. Por la misma razón, los venezolanos echan de menos el mínimo ambiente de derechos y garantías que caracterizan a las democracias. En este país nadie puede pensar, hablar, comer, movilizarse o resolver algún problema con autonomía. Todo lo contrario. Sufrimos el peso de un totalitarismo absurdo que quiere ponernos a pensar todo el tiempo en el Gobierno, bien sea por el temor que nos produce o porque él se ha convertido en el único canal para satisfacer las necesidades básicas. Pero ya sabemos que toda oferta socialista encubre un fraude. Un régimen que monopoliza todas las iniciativas ciudadanas y que pretende ser el sustituto de nuestro propio albedrío tiene que ser un fracaso. Es solo una trampa autoritaria y populista que pone a los venezolanos en el trance de hacer una cola o morir. Y que ahora nos quiere reducir a ser parte de un contingente de estadísticas recaudadas a través del carnet de la patria.

Pero detrás de ese último invento autoritario, no hay nada que ofrecer. El país está exhausto y todas las cifras indican que vivimos el colapso social, económico y político que es propio de los socialismos en etapa terminal. El que no funcionen los servicios públicos, que las reservas internacionales estén en sus mínimos históricos, que llevemos años sin resolver la ecuación del abastecimiento o que la moneda valga menos que el papel en el que se imprimen los billetes son todos ellos indicadores de una caída criminal de las capacidades productivas del país. Detrás del carnet de la patria hay empresas confiscadas para transformarlas en ruina, campos agrícolas que no se sembraron, rebaños de ganado que se vinieron a menos, empresas manufactureras cerradas o trabajando a una mínima capacidad, comercios sin inventarios, empleos perdidos y un creciente sector informal que solo reproduce pobreza y oportunidades para la servidumbre. El carnet de la patria es un fraude porque antes se cometió el crimen de expoliar la iniciativa privada y alimentar la indigesta voracidad del Estado, que además no puede ocultar cuánto se ha corrompido.

El Gobierno se juega todas las cartas en una iniciativa de servidumbre. Nos quiere reducir a un número promedio, a una necesidad tasada, a la limosna de lo poco, ofrecida, eso sí, como la máxima felicidad. El carnet de la patria es un certificado del fracaso de la oferta socialista. Para salir del infierno hay que darle un chance a la propiedad privada y la competencia de mercado, para comenzar a experimentar con un gobierno más pequeño y menos arbitrario pero más eficaz. De ese infierno de imposibilidades se sale por el sendero de la libertad.

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