Descubren una nueva forma de vida tras la erupción del volcán de El Hierro

Martes, 25 de Abril de 2017 01:27 pm

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No se trata de algo excepcional en la naturaleza. Por ejemplo, cada año, con la llegada de la primavera y el fin del duro invierno, las hierbas aprovechan para crecer en los bosques antes de que los árboles desarrollen sus hojas y les tapen la luz, o bien hay especies que son expertas en colonizar el terreno quemado tras un incendio.

El 10 de octubre de 2011 la tierra tembló en la isla de El Hierro, en Canarias. Un volcán submarino comenzó a escupir lava en el Mar de Las Calmas, a sur de la isla, y generó una enorme salida de gases que se pudieron ver incluso desde la superficie, en forma de mancha verde. La erupción afectó al fondo marino en una franja de unos nueve kilómetros cuadrados y permitió el nacimiento de un nuevo volcán, llamado Tagoro, que pasó de estar a 363 metros de profundidad a tan solo 89. Aparte del vertido de lava, la erupción tuvo un gran poder destructivo en los alrededores. La temperatura del agua subió, la turbidez aumentó, la concentración de oxígeno disuelto cayó y en la zona se acumularon importantes cantidades de gases tóxicos para la mayoría de los organismos, como el sulfuro de hidrógeno.

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En octubre de 2014, más de dos años después de que acabara la erupción, un vehículo operado de forma remota (ROV) bajó al fondo para examinar las consecuencias de la erupción. Los investigadores encontraron unos filamentos que cubrían una amplia zona en el entorno del cono del volcán Tagoro. Los llamaron «cabellos de Venus», y después de analizarlos en profundidad, descubrieron una nueva especie de bacteria, llamada Thiolava veneris, y todo un ecosistema (una comunidad de seres vivos que viven en un entorno concreto) basado en esta bacteria. Estos descubrimientos se han publicado en la revista Nature Ecology and Evolution este lunes.

«Una erupción volcánica es un fenómeno desvastador tanto bajo el mar como en tierra (…) Pero de esta destrucción surgen nuevas oportunidades para que la vida comience de nuevo», ha escrito David L. Kirchman, investigador de la Universidad de Delaware y autor de un comentario aparecido en la revista Nature Ecology and Evolution.

No se trata de algo excepcional en la naturaleza. Por ejemplo, cada año, con la llegada de la primavera y el fin del duro invierno, las hierbas aprovechan para crecer en los bosques antes de que los árboles desarrollen sus hojas y les tapen la luz, o bien hay especies que son expertas en colonizar el terreno quemado tras un incendio. De hecho, en general, se considera que un nivel de daño intermedio en la naturaleza (se le suele llamar perturbación en la ecología) es capaz de aumentar la diversidad de especies de un ecosistema: el hecho de que un excremento de vaca caiga en una pradera es perjudicial para la hierba que queda debajo, pero es una gran oportunidad para muchos otros organismos.

En opinión de Ricardo Amils, catedrático de Microbiología de la Universidad Autónoma de Madrid, «la actividad volcánica submarina no es destrucción, sino un sistema habitual de crear nuevos hábitats en el fondo de los océanos». ¿Por qué? Porque este fenómeno produce compuestos reducidos, como el sulfuro de hidrógeno, de los que los microbios pueden extraer energía fácilmente.

En esta ocasión, en el volcán Tagoro ha aparecido una nueva bacteria muy similar a otra más conocida por los científicos, y conocida como Thioploca auracae. Se trata de un organismo que vive en los fondos no muy profundos del mar, y que está asociado a zonas de afloramiento, donde hay abundancia de nutrientes, o a chimeneas volcánicas. Está especializada en consumir sulfuro de hidrógeno como fuente de energía, que es liberado desde el fondo, y forma filamentos de hasta seis centímetros de largo que se apelmazan entre sí, y que forman «praderas» de incluso miles de kilómetros de largo. Estas praderas, son una fuente de alimento y un lugar de refugio para otras muchas especies.

Una bacteria muy versátil
La nueva bacteria descubierta en Canarias, Thiolava veneris, es muy similar. Pero después de analizar sus genes, los autores concluyeron que esta nueva especie es especialmente versátil. No solo aprovecha el sulfuro de hidrógeno, sino que también puede usar la materia orgánica, el nitrato y el oxígeno. «Usar más de un mecanismo para generar energía es probablemente común en los océanos donde las fuentes ricas en energías son escasas», ha escrito Kirchman.

La bacteria descubierta es muy fina, mide de 3 a 6 micrómetros de grosor (un micrómetro es la milésima parte de un milímetro) y alcanza varios centímetros de longitud. Varias de ellas crecen juntas dentro de una vaina más gruesa, de 36 a 90 micrómetros.

El análisis del ADN ha permitido averiguar que bajo el paraguas de esta simple bacteria hay una «ciudad entera» de organismos que no se parecen mucho a los que hay en el agua de alrededor. Ahí se han encontrado pequeños invertebrados, animales del fondo, bacterias y arqueas. «Todo indica que los “pelos de Venus”, alimentados por el sulfuro de hidrógeno que aún mana del volcán, es el productor primario en el fondo de la cadena trófica, que incluso alimenta a animales», según Kirchman.

¿Qué quiere decir esto? En la Tierra se dice que las plantas son los productores primarios porque son las encargadas de extraer energía del Sol y ponerla a disposición de las demás criaturas (en primer lugar de herbívoros y en segundo de carnívoros). En este caso, y gracias al gas que aún brota de los alrededores del volcán Tagoro, estos microbios hacen las veces de plantas al extraer energía del sulfuro de hidrógeno.

Esto no es del todo raro, puesto que, por ejemplo, se han observado cosas así en chimenas hidrotermales. Pero con todo, el hábitat del entorno de los «cabellos de Venus» «es intrigante», según el investigador de la Universidad de Delaware.

Entre otras cosas, en los alrededores del volcán no hay bacterias similares a los «cabellos de Venus». Así que, ¿de dónde han surgido? ¿Cuánto pueden dispersarse las bacterias para colonizar un nuevo volcán? Estas y otras muchas preguntas aún no han sido contestadas, pero parece evidente que, después de una profunda destrucción del fondo del mar, la vida es capaz de abrirse camino rápidamente. Una vez que unos pioneros se instalan, en este caso una bacteria, el resto se beneficia.

Según Amils, «la colonización microbiana asociada a los volcanes submarinos es una cuestión todavía no bien entendida. Una opción es que todo (los microbios) esté en todas partes y lo único que se necesite es crear las condiciones para que se desarrollen los organismos mejor adaptados al nuevo sistema». De esta forma, podría ser que esta bacteria hubiera permanecido en estado latente en la zona hasta la erupción. Pero también podría ser que los microbios procedieran de otra zona y que hubieran llegado hasta la región.

Dado que existen estos interrogantes, los autores están convencidos de que esta investigación será de mucha ayuda para entender cómo coloniza la vida los volcanes submarinos después de sus erupciones. Esto es importante, puesto que la mayor parte de las erupciones ocurren bajo el mar.

Además, para Amils, lo más interesante de este trabajo es que describe una nueva especie: «Teniendo en cuenta que solo conocemos el 3% de la diversidad microbiana, y nos falta por descubrir el 97%, esta nueva especie entra dentro de este vasto mundo por descubrir».

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