Foto: Cameron Brooks

Hawái, islas de belleza salvaje y espíritu abierto

Martes, 13 de Junio de 2017 01:13 pm

National Geographic

El novelista Jack London reflejó sus vivencias hawaianas en El crucero del Snark. En ellas confiesa haber caído cautivado por este rosario de lágrimas telúricas cuya fuerza irredenta conjuga geografías imposibles, colores más allá de Gauguin, piélagos de olas gigantes y espumas tumultuosas, una biodiversidad inabarcable y una geología impetuosa creadora incesante de nuevos paisajes.

El archipiélago de Hawái se encuentra en el rincón septentrional del triángulo polinésico; los otros vértices son Aotearoa (Nueva Zelanda) y Rapa Nui (Isla de Pascua). Hawái se yergue como una pequeña flota fondeada en mitad del Pacífico, en el punto más alejado de cualquier tierra continental. Forma parte de la hilera de ínsulas, volcanes submarinos y atolones de la Cadena Hawái-Emperador, que se extiende 6.000 kilómetros hacia el sur desde el canal entre la península de Kamchatka y las islas Aleutianas.

Es en su extremo meridional, justo rebasado el trópico de Cáncer, donde la lava, el viento, la lluvia y el mar han ido modelando con paciencia el milagro de estas islas, en los confines de un azul profundo que se hace turquesa alrededor de sus costas. Seguramente nuestro viaje comience en la isla Oahu, pero de las ocho islas principales hay una tríada que no podemos dejar de visitar, Big Island, Maui y Kauai, las tres esmeraldas de un collar de zafiros.

La isla de la diosa Pele

Big Island es lo que su apodo indica, la más grande. En realidad se llama Hawái y de ella toma nombre el conjunto. Para recorrer las islas y acceder a sus rincones conviene alquilar un coche y combinarlo con botas, chancletas y aletas de buceo. En Big Island mejor si el vehículo es todoterreno.

En su periplo en busca de tierras ignotas, Pele, diosa de los volcanes, fue visitando las islas hasta llegar a Big Island. Cuando golpeó el suelo con su palo pahoa el fuego que brotó no se apagó, por lo que estableció aquí su morada. Fue en Kilauea y, desde entonces, el volcán permanece activo regalándonos espectáculos de lava. El cráter principal de su caldera, el Halemaumau, contiene un lago incandescente que, en la noche, desde el mirador del Museo Jaggar, preña de rojos y ocres la oscuridad en una contemplación casi mística. Más al sur, su boca Puu Oo vierte por sorpresa coladas de magma que unas veces van a morir al mar y otras se detienen tierra adentro. Su imagen, a pie, en barco o en helicóptero nunca se borrará de nuestras retinas.

Ambos cráteres se encuentran en el Parque Nacional de los Volcanes. Es una sinfonía estética y geológica que se descubre mediante sencillas rutas, como la que contornea la caldera del Kilauea Iki, o la que nos conduce a los viejos petroglifos de Puu Loa. También nos pierden entre grietas de vapor, chimeneas sulfurosas y fisuras como las de Mauna Ulu, que nos inducen al vértigo sobre el vacío de los cráteres colapsados de Puhimau y Pauahi o nos colocan sobre las vistas de los campos de lava en Kealakomo.

Tal horizonte, que combina creación y destrucción, conduce a preguntarse sobre la génesis del paraíso, pero en términos de ciencia. Porque el origen del archipiélago es poco común. Surge en medio de una placa tectónica debido a una zona de alta actividad volcánica, lo que en geología se conoce como “punto caliente”. Así, el magma aflora levantando volcanes submarinos que crecen hasta alcanzar la superficie y formar islas.

En el caso de Hawái ocurre en mitad de la placa del Pacífico. Esta placa se mueve en sentido SE-NO y, con ella, las islas. Los volcanes pasan a ser inactivos al alejarse del punto caliente, pero este sigue expulsando lava y generando nuevas islas como si se tratara de una parsimoniosa cadena de producción. Niahu y Kawai, las del extremo noroeste, son así las más viejas (5,6 y 5 millones de años), mientras que Maui y Big Island en la punta sudeste, con 1,3 y 0,7 millones de años, las más jóvenes. Hoy solo Big Island se halla bajo la influencia directa del punto caliente y por eso es la única con volcanes activos.

La diversidad de los paisajes de Hawái reta la imaginación. De los trece ecosistemas esenciales de la Tierra, once se dan en el archipiélago. En un pestañeo pasamos de una superficie lunar al más denso de los bosques tropicales, de nieves entre antiguas morrenas glaciares a la explosión de vida de unas aguas tapizadas por corales, de borbotones de roca fundida a precipicios cubiertos por todas las gamas del verde.

La diversidad de los paisajes de Hawái reta la imaginación. De los trece ecosistemas esenciales de la Tierra, once se dan en el archipiélago

Al este del Parque Nacional de los Volcanes se encuentra el distrito de Puna. Los fantasmas de árboles devorados por la roca fundida nos esperan en el Lava Tree State Monument camino de Kapoho, antes de que los destellos glaucos del olivino (mineral común en las rocas volcánicas) nos llamen entre las sombras de la lava tipo aa –de superficie áspera, irregular, rugosa– en torno al faro de Kumukahi. Seguimos al sur, hasta Kalapana, para adentrarnos en el desierto tenebroso del pueblo devastado por la erupción del Kilauea. Volvemos sobre nuestros pasos y retomamos el mar en la playa melánica de Kaimu sobre un lecho de lava pahoehoe (lisa, ondulada, encordada) agrietado por la vegetación, que crece y reclama su espacio.

Aloha, una cálida bienvenida hawaiana

Aquí, en Kaimu, la música y las risas suenan en el Uncle Robert’s Awa Bar sin que nos dejen pagar ni una sola cerveza. Y es que Hawái se sustancia sobre todo en sus gentes acogedoras, una miscelánea de paisanajes que conviven entre los símbolos más recalcitrantemente estadounidenses y los viejos saberes de la danza hula y la práctica espiritual del hooponopono: ejecutivos haole en bermudas, granjeros japoneses, comerciantes chinos, paniolos o vaqueros indígenas y surfistas apátridas capaces de afirmar –como Paul Theroux en Hotel Honolulu–, que el primero de ellos fue Jesucristo, no en vano andaba sobre las aguas.

Porque Hawái es una síntesis de culturas amalgamadas por el espíritu aloha, palabra de imposible traducción que agrupa todo el campo semántico de la bienvenida. Solo un pueblo como el polinesio –”la obra más dulce de Dios”, en palabras de Robert Louis Stevenson– es capaz de tal integración.

Los pigmentos de las arenas en Big Island nos desconciertan. El negro de Punaluu sobre el que reposan las tortugashonu, el rubio pálido de las playas de Makalawena, Ooma y Mahaiula en Kona y, sobre todo, el oliváceo claro de Papakolea. Apenas existen cuatro o cinco playas verdes en el mundo –el color se debe a la abundancia de olivino– y una se localiza aquí, cerca del cabo de Ka Lae, el punto más meridional de los 50 estados que componen el país.

Negra es también la playa de Waipio Valley, una suerte de edén boscoso perdido en lo más profundo de la ladera este del volcán Kohala; y negras son las paredes del fascinante tubo de lava de Kaumana, tan cerca de las cascadas de Rainbow y Akaka que su sonido se siente en la lejanía.

Pero si algo domina Big Island son sus dos colosos. El Mauna Loa (4.169 metros) es, en volumen, el mayor edificio volcánico existente, de los denominados de escudo, cuyas coladas juegan a teñirse de tonos dispares. El Mauna Kea (4.207 metros) podría considerarse, en cierto modo, la montaña más alta del planeta, pues su base se halla a 6.000 metros bajo el nivel del mar. Alcanzar la cumbre superados los 4.000 metros, nevada a menudo y coronada de telescopios, supone un reto para el motor y los frenos de nuestro vehículo, pero es la mejor atalaya para otear el próximo destino.

Maui parece un par de islas unidas accidentalmente. Dos volcanes, el Mauna Kahalawai y el Haleakala y, en medio, un valle donde prosperan la caña de azúcar y las piñas. Invitados por Jack London ascendemos al P. N. del Haleakala: “Las vistas y el aire eran deliciosos –nos tienta–. La panorámica a través del East Gap es la más bella que nunca he contemplado“. La carretera sube a 3.055 metros y, una vez en la cima, descendemos a la caldera por el sendero Keoneheehee. Descubrimos un mundo de otro mundo, un laberinto abierto y multicolor de cráteres flanqueados por farallones inverosímiles, el reino de las silversword, una rara planta con aspecto de esfera plateada que tan solo florece una vez en su vida.

Arenas rojizas en las playas de Hawái

De nuevo junto al mar, tomamos la Road to Hana, carretera que describe el perfil de la costa noroeste. El recorrido se retuerce lamiendo el precipicio entre una vegetación exuberante y recovecos donde nos asaltan valles como el de Wailua y cascadas que animan al baño como Twin Falls y Three Bear. Al final, un nuevo rincón insólito, Kaihalulu, la playa tintada de grana por el hierro de su ceniza. La barrera de rocas puntiagudas que la cierra nos recuerda a otro lugar en el extremo opuesto de la isla, en Makaluapuna Point. En esta pequeña península, las olas se resistieron al avance de la lava golpeando con tal fuerza que la levantaron y la petrificaron en forma de acerados dientes, los Dragon Teeth.

Llega la hora de mojarnos. “Sumérgete en silencio y escucha”, me dijo mi compañera. Estábamos en Honolua Bay haciendo esnórquel. Obedecí, me sumergí, escuché y me emocioné: era el canto de las yubartas bajo las aguas, en vivo, nadando junto a tortugas y rodeado de peces tropicales. Indescriptible. Las ballenas bajan desde Alaska a las cálidas y someras aguas del canal que separa Maui, Molokai, Lanai y Kahoolawe. Entre diciembre y abril se las puede ver saliendo en barco desde Maalaea Bay. Muy cerca, la media luna de la islita de Molokini nos espera para bucear mientras pensamos en el atardecer desde la recóndita bahía de La Perouse.

Más de cuatro millones de años de acción de los elementos han esculpido una orografía enfática que alcanza cotas de un dramatismo soberbio

La isla más veterana del trío es Kauai. Extintos sus volcanes, más de cuatro millones de años de acción de los elementos han esculpido una orografía enfática que alcanza cotas de un dramatismo soberbio. Las abundantes lluvias provocan tal estallido de verdor que sus habitantes la llaman Garden Island, Isla Jardín. El mejor ejemplo son los acantilados de Na Pali. Casi verticales y con una altura por encima de los 1.000 metros, parecen haber sido arañados por las garras de un oso. Constituyen una muralla inexpugnable de cárcavas amenazantes que protegen los prístinos valles de Kalalau y Honopu. Sus playas son solo accesibles por mar y por un sendero con algunos tramos complicados que recorre el pali (precipicio) a lo largo de 20 kilómetros desde la bonita Kee Beach en Hanalei. El mirador del Koke’e State Park permite admirar Kalalau desde las alturas.

El otro gran imán de Kauai es Waimea Canyon, al que Mark Twain llamara “el Gran Cañón del Pacífico”. No exageró en cuanto a su fuerza y belleza. Los miradores a lo largo de Kokee Road nos permiten sumergir la mirada en el interior de sus abruptas perspectivas; pero siempre podemos internarnos a pie por sendas sencillas como el Cliff Trail o el Canyon Trail hasta las cascadas de Waipoo; o más exigentes como el Kukui Trail.

Resulta imposible sustraerse a los encantos de Kauai. Por eso entendemos a Matt King, el personaje de George Clooney en Los descendientes, mirando embelesado junto a su familia el rincón virgen que heredaron de tiempos del rey Kamehameha. Porque ese lugar existe y se llama Kipu Kai Bay.

“Tan pronto como mi yate deje a popa estas islas, me embargará una inmensa tristeza –nos confiesa Jack London–. Nadie sabe mi amor hacia ellas, y mientras permanezcan ahí serán siempre el Paraíso del Pacífico“. Transcurrido más de un siglo nos invade un sentimiento similar al ver perderse las islas de Hawái tras la cola del avión; y hacemos la firme promesa de volver. Él regresó ocho años después; nosotros no tardaremos tanto.

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