Lo que viene Por: Luis Vicente León

domingo, 13 de mayo de 2018 12:00 pm

Esto que la mayoría de la gente percibe como el clímax de la crisis es apenas el inicio. La hiperinflación es un fenómeno exponencial. Sin atacar la raíz del problema, el crecimiento de precios se amplifica convirtiéndose en un huracán.

Comenzamos a experimentar la hiperinflación en noviembre y los cambios de un trimestre a otro son impresionantes. El crecimiento de los precios ha sido dramático y el problema es que todo apunta a que en tres meses recordaremos a este trimestre casi con cariño.

De eso se trata de la hiperinflación. Comienza con un crecimiento mensual de precios del 50% que, de mantenerse en el mismo nivel, alcanza al final del año un 12.000%. Pero no es un crecimiento lineal. Un bien que arranca costando un millón de bolívares, termina costando al mes siguiente un millón y medio y al siguiente dos millones doscientos cincuenta mil y al siguiente tres millones cuatrocientos mil y al siguiente cinco millones y luego siete millones, once millones, dieciocho millones, veintiséis millones, treinta y ocho millones, cincuenta y ocho millones, ochenta y seis millones, ciento veintinueve millones y siga exponenciandopor ahí. Pero, si además ocurre el fenómeno clásico de que ese porcentaje mensual crece, la cosa se complica. Con un 65% mensual la inflación anual llegaría a 166.000%, un número que queda pálido si llegamos al 100% mensual, algo que, en muchos rubros, está pasando.

Esto no es un juego. El impacto sobre la vida de la población es demoledor. Los asalariados llevan la peor parte, pues es imposible que sus sueldos acompañen este crecimiento a la velocidad de la hiperinflación y una semana de desfase significa que el sueldo que inicia cubriendo media cesta de bienes puede terminar no cubriendo ni el autobús para comprarla.

Los aumentos de sueldo por decreto no son más que intentos desesperados de colocar un torniquete rudimentario en una pierna amputada. La relación entre la inflación desbordada y la devaluación del tipo de cambio es directa. Es imposible mantener estable el tipo de cambio paralelo mientras los precios internos se desbordan. Es muy simple, si los bienes siguen creciendo y el tipo de cambio no, el único bien barato sería el dólar y la gente lo demandaría furibundamente, con lo cual su precio se dispararía exponencialmente y las barreras artificiales para que eso ocurra sólo sirven para encarecer aún más la operación negra.

La teoría y la historia son muy claras: más controles, cierres de empresas y negocios, amenazas, presos y persecuciones sólo empeoran dramáticamente la situación y hace mil veces más difícil resolverla. Cierras panaderías y no hay pan. Apresas carniceros y no hay carne. Expropias centrales azucareros y no hay azúcar. Y el precio de los bienes que no hay… es infinito.

La ruta para atender el problema es harto conocida y probada en el mundo entero. Una vez desatada la hiperinflación, no hay más remedio que enseriarse. Los intentos de mantener el error inicial de los controles, echándole la culpa a otros, fallan estrambóticamente y hacen insostenible el país. La presión de cambio es brutal y, entonces, ocurre lo que en todos los casos de hiperinflación en el mundo terminó pasando. O el gobierno cambia el modelo que lo llevó ahí, abre la economía, libera las operaciones cambiarias, busca y permite el flujo de recurso externos, negocia con el sector privado y restablece equilibrios políticos que permitan recuperar confianza o cambia el gobierno y el nuevo hace lo que el otro tenía que hacer. Hay experiencias de las dos cosas, pero no hay ni una sola distinta a esas dos opciones. Y algo está clarísimo. No hay hiperinflación infinita y no se sale de ella sin un modelo racional. Saque usted sus conclusiones.

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