Foto: Confraternidadcaracas

¿Será que ahora le toca el turno a Dios? Por: César García

miércoles, 4 de julio de 2018 02:56 pm

En días recientes estuve releyendo un libro de interés académico del profesor Urbaneja (La política venezolana desde 1958 hasta nuestros días) y algo que llamó profundamente mi atención fue el planteamiento sobre la perspectiva histórica bajo la cual, según el autor, Venezuela habría completado un círculo de integración político e ideológico. Es decir, que nuestro país ha brindado ya la oportunidad de gobernar a las tendencias ideológicamente significativas (derecha e izquierda); ahora bien, bajo ese esquema de consideración resulta comprensible sugerir una interrogante: ¿Será que ahora le toca el turno a Dios?

El periodo cuarto republicano “adeco-copeyano” y el ahora quinto republicano del “chavismo-madurismo” en una cosa han coincidido notablemente, y es que a final de cuentas el país no ha hallado en ninguna de las opciones señaladas soluciones plenamente útiles que permitan enrumbar o dirigir la nación a puertos de estabilidad, desarrollo y crecimiento sostenido. No basta con solo reconocer algunos logros pues cada periodo de seguro se adjudicará alguno; sin embargo, entre formas y fondo esto último permanece inalterable en lo referido a la consideración del factor crisis como elemento sustancial para generar cambios o impulsar  transformaciones dentro del sistema. De esta manera, el surgimiento de la quinta república no puede ser entendido sin las referencias previas que arroja la cuarta así tampoco el desarrollo de la quinta puede desligarse de la herencia de su antecesora, entonces, parece que tenemos delante nuestro una gran dilema por un lado, el nacimiento de un nuevo sistema que no termina por nacer (y ojo con el anuncio de un nuevo nacimiento impulsado por la ANC) y por otro, la agonía del anterior que no termina de fallecer. No obstante, entre ambos modelos o sistemas hay una esencia vinculante: el país continúa bajo per-juicio.

Los hechos que significaron el quiebre del status quo político (1958-1998) evidencia la falta de capacidad que tuvo este sistema para brindar respuestas oportunas a una sociedad sumida en las tensiones de su momento las cuales desembocaron en su crisis así que abandonado aquel modelo o sistema por cuanto fue incapaz de renovarse o reformarse a partir de sí mismo, tal declive, brindó la oportunidad precisa para que un nuevo modelo surgiera y fuese recibido mediante la tendencia de un mesianismo en la figura de un líder; sin embargo, los resultados de hoy hablan por sí solos sobre tal modelo (1998- y por ahora) cuyos efectos de fondo resultan desalentadores.

Si con sobriedad política se considera el asunto tomando en cuenta que cada modelo (IV y V) ha tenido su oportunidad para dirigir la nación, si se considera que en la búsqueda de solucionar un dilema terminamos sucumbiendo ante otro; en ese contexto, no resulta ilógico pensar y ofrecer ante Dios una oportunidad para que sea él quien oriente los destinos de la nación especialmente ahora cuando las recetas aplicadas por cada modelo antes que sanar la enfermedad que presentaba el cuerpo social, político y económico terminaron por agravarla. En ese sentido, no es de extrañar que la actual situación venga contribuyendo a una elevación de la espiritualidad como mecanismo para sobrellevar las condiciones críticas que experimentan los venezolanos.

El pasado sábado 30 de junio acepté la invitación para asistir al Nuevo Circo de Caracas a un encuentro espiritual convocado por la Confraternidad Evangélica de la Gran Caracas donde en medio de un ciclo de cantos que buscaban honrar al Creador del cielo y de la tierra, y de oraciones a favor de la nación venezolana noté que no se habló de izquierda ni de derecha, ni de gobierno ni de oposición, no se habló de guarimbas, de marchas o contramarchas y mucho menos de proyectos para la toma del poder político ni siquiera hubo expresiones de críticas o quejas por la situación tan penosa que se vive en la nación. El pasado sábado el Nuevo Circo se constituyó en un lugar armónico donde asistieron hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos cuyo único propósito fue pedir a Dios que vuelva a favorecer a Venezuela. Pues como me explicaron, “no ignoramos la difícil realidad del país pero procuramos fomentar la paz y la fe por medio de Jesucristo; por cuanto él, es la verdadera esperanza para la nación venezolana”.

Entre los asistentes al evento se hallaban personas afectas y desafectas al actual régimen político así como otras que sencillamente no quieren saber nada de política pero aun así, el evento resultó ser una actividad tranquila donde no hubo necesidad de policías o guardias que custodiasen para garantizar el orden. Se trató de una actividad donde la fe y la esperanza en Dios iban tomadas de la mano no para desear bien o mal a una u otra postura política sino más bien para pedir perdón y misericordia por una nación que parece no entender en su obstinación que la verdadera paz y prosperidad se construye con respeto, tolerancia, reconocimiento y aceptación del otro como parte esencial de un verdadero sistema democrático y que en vez de seguir obcecadamente promoviendo la fractura y la división ahora más que nunca nos urge el reencuentro, y para el logro de tal propósito un solo mediador resulta factible: Dios.

La esencia fundamental que motivó e impulsó la asistencia de los allí reunidos el pasado sábado fue justamente aquella fe que los unifica como pueblo, una fe que les brinda colectivamente una identidad religiosa pero sin hacerles perder de vista su identidad nacional. Entonces, si dos modelos han tenido la oportunidad de influir sobre los destinos de la patria con resultados poco alentadores por qué no permitir que el Creador de lo visible e invisible nos brinde algún consejo que nos permita reorientar la trayectoria del país hacia una mejor senda.

 

 “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios;

Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra.”

(Salmos 46:10)

 

 

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